Wen_Ari

Opinión, salud, economía, motivación

Parte de lo que observo y de mi experiencia de vida lo plasmo aquí para ustedes...

Mamá de un Ángel - Part VIII

Escrito por WenAri 31-08-2015 en mama. Comentarios (0)

Después que tu luz se apagó, los días pasaban sin sentido... Me sentía perdida, caminando sin rumbo, todos los planes que habia hecho para ti se habían esfumado en un segundo. Te lloraba día y noche, estaba suceptible, no quería hablar con nadie, no existía palabra que pudiera darle consuelo a mi alma. Morí. Solo era un cuerpo sin alma.

Todo me recordaba a ti: veía mujeres en la calle con sus bebés en brazos y sentía envidia, dolor, frustración.  Sin embargo, saber que te habías convertido en mi ángel me dió la fuerza para seguir adelante. Comprendí que todos aquellos que me dijeron que "el tiempo sana todo" eran unos mentirosos. Han pasado casi 14 años y el dolor sigue allí; sólo que ya aprendí a vivir con él, a aceptar su compañía. Hoy me sigo preguntando cómo serían las cosas si estuvieras aquí, cómo sería tu cara, tu voz... Sigo imaginando tu primera palabra, tu primera travesura, tus primeros pasos, tu primer día de colegio. Me pregunto cuáles aptitudes hubieses heredado de tu papi y de mi: su tamaño, mi dedicación a los estudios, su ternura y su sonrisa, mi determinación para hacer las cosas, nuestro infinito amor.

Hoy después de tanto tiempo, estas palabras te dicen lo mucho que te extraño, que no hay día de mi vida en que no piense en tí; no hay aspecto de mi vida en el que no me pregunte cómo serían las cosas si estuvieses conmigo. Sin embargo, tengo la plena convicción que algún día nos veremos otra vez y que nos reconoceremos de inmediato, te diré a la cara todas esas palabras que quedaron sin decir, te daré todo ese amor que tengo reservado para tí y que nadie podrá ocupar jamás tu lugar.

Hoy agradezco a Dios por haberme dado la oportunidad de tenerte dentro de mi,  de traerte al mundo y poder conocerte. Te agradezco a ti, mi ángel, por darme una gran lección de amor a través de un curso intensivo de cómo amar a alguien más que a tu propia vida sin esperar nada a cambio.

Fuiste, eres y siempre serás mi gran amor...


Mamá de un Ángel - Part VII

Escrito por WenAri 30-06-2015 en mama. Comentarios (0)

Amarga despedida...

Ese día llegue temprano, como todos los días, al hospital para verte. Ese día la ansiedad era mayor, tu estado se deterioraba a una velocidad que me ahogaba el corazón...  Cuando al fin pasé a verte junto con tu papi, la imagen de tu cuerpecito débil me hizo desfallecer, se te veía agobiado y cansado; pero en mi egoísmo no quería reconocer que debías irte y que yo, con mi llanto te mantenía atado a un dolor que no eras capaz de seguir soportando. Recuerdo un momento en especial en el que yo estaba parada al lado de tu papi y tú abriste los ojitos, e hiciste un recorrido con la mirada que no supe interpretar: me miraste, luego hiciste lo mismo a tu papi y por último miraste más arriba y suspiraste. Ese suspiro estaba lleno de una profunda melancolía, dolor, resignación, nostalgia. En ese momento quise pensar que mirabas al ángel que te cuidaba; aunque algo en mi interior estaba inquieto. 

Algo me decía que no me fuera ese día del hospital, que me quedara allí contigo. Lloraba porque no te quería dejar allí, una fuerza mayor me oprimía el corazón atándome a ese pasillo fuera de la Unidad de Cuidados Intensivos Neonatales. Sin embargo, no me quedó más remedio que regresar a casa.  Sólo pasaron un par de horas hasta que sonó el teléfono. Es increíble cómo en un repique sentía que se me iba la vida, un repique que me invadió de incertidumbre y terror: era la llamada del hospital para decirme que te habías ido. Esas fueron las últimas palabras que escuché antes de que todo se volviera un caos en la oscuridad... A partir de allí tengo imágenes muy borrosas: gente entrando y saliendo de la casa, lágrimas, abrazos y palabras de aliento que yo no quería recibir, porque lo único que quería era correr a tu lado y que todo fuese una equivocación, que seguías luchando por tu vida, que pronto estarías conmigo.

Cuando llegué al hospital, recuerdo que me hicieron pasar hasta donde estabas, sin embargo, no te pude ver... Te envolvieron en mantas azules como si fueses un paquete de encomienda y pegaron la figura de nube con tu nombre que colgaba fuera de la incubadora. Ya ni siquiera recuerdo detalles de esa noche, no podía procesar nada de lo que estaba pasando, sólo una pregunta me atormentaba: "¿POR QUÉ?" ¿Por qué te habías ido? ¿Por qué me habías dejado? ¿Por qué Dios me castigaba arrancándote de mi lado? ¿Por qué habías cambiado tu cuna para dormir entre nubes de algodón? Así como un día jamás pensé que llegarías tan pronto, ese día veía cómo te ibas con la misma rapidez con la que habías aparecido. No sabía qué haría con todo ese amor que tenía guardado para ti, todos los planes que hicimos ahora eran sólo sueños rotos... Alguien se me acercó y me dijo: "éste era el día de su despedida, por eso los miró de esa forma; y por eso tenías que irte del hospital; él se quería ir y tú no lo dejabas, era incapaz de hacerte sufrir viéndolo morir... por eso decidió partir cuando ya tú habías llegado a casa". Esas palabras me hicieron pensar en la posibilidad de que aún estuvieses vivo si yo no me fuese ido del hospital esa tarde...


Mamá de un Angel - Part VI

Escrito por WenAri 23-06-2015 en mama. Comentarios (0)

Y te vi…

Me desperté casi a media noche, con un frio insoportable y con un doctor pasándome un algodón húmedo por los labios para calmar mi sed. Su cara de preocupación era evidente a pesar de verlo todo tan borroso. Su expresión me decía que mi estado no era óptimo. Esa noche me debatí entre el dolor físico y la preocupación por no saber nada de ti. Al día siguiente me pusieron al corriente de tu estado: era crítico. Como pude, me levanté y fui a verte hasta la UCIN (Unidad de Cuidados Intensivos Neonatales). La espera y la ansiedad hacían estragos conmigo. Anhelaba verte, cargarte, besarte. Cuando entré, mientras la doctora me explicaba el por qué de todas esas mangueritas y tubos invadiendo tu pequeño cuerpecito, sólo podía sonreír y llorar a la vez. Eras simplemente perfecto. A pesar del poco tiempo de gestación eras un muchachote tal y como lo había dicho el obstetra. Tu piel clara, tu carita de nariz respingada, el cabello cual estrella de rock: abundante, oscuro y en puntas; tus manos largas y los deditos que no dejaban de moverse inquietos, tu llanto sordo debido a las horribles mangueras a las que se suponía que tenía que agradecer que te mantuvieran con vida.

Fue mágico el momento en el que introduje mis manos en la incubadora y sostuve tu mano, me sujetaste con una fuerza que me parecía increíble. Lloré de emoción al verte, lloré por no poder tenerte entre mis brazos, sentir tu olor, calmar tu llanto con los latidos de mi corazón. Sólo quería sacarte de allí y comerte a besos, decirte lo mucho que te amaba, jugar contigo, asegurarme que estuvieras bien…

Sin embargo, nuestra burbuja se rompió cuando se terminaron los infames e insuficientes 15 minutos de visita. No quería separarme de ti, dejarte allí solo, sin mí. Veía a las otras mujeres en la habitación y sentía envidia por no poder disfrutar de ti como lo hacían ellas con sus hijos: darte de comer, vestirte cual muñequito, tenerte pegadito a mí. Oraba sin cesar y le pedía a Dios que te salvara, que estuvieras bien y que pudiéramos irnos pronto a casa.

Subía a verte sólo dos veces al día porque era lo que me permitían. Sólo dos visitas de 15 minutos, pero pasaba el resto de las horas anhelando que llegaran esos minutos para estar contigo y poder al menos tocarte y hablarte. En esos 15 minutos te hable de nuestros sueños, de todo lo que nos divertiríamos, de nuestras vacaciones, de la navidad y tus regalos, del colegio… En fin, creo que te saturé de información en muy pocos días, quería que supieras la vida feliz que te esperaba en casa, todo el amor con el que te recibiríamos. Tus días me cargaban de incertidumbre: unos eran buenos, otros malos y otros pésimos... Sin embargo, en mi corazón guardaba la esperanza de tu recuperación; a pesar del pésimo diagnóstico que daban los médicos: tu sistema digestivo no funcionaba, tuviste 2 paros respiratorios, se te llenaron de líquido los pulmones, tu abdomen distendido no era buena señal. No te imaginas cómo me duele pensar en todo el dolor físico que sufriste durante 9 días, y sin tu mami para consolarte y llorar contigo; decirte palabras dulces al oído que aliviaran al menos un poquito tanto sufrimiento inmerecido. Quiero decirte que fuiste muy fuerte y valiente; aguantaste más que otros bebés que estaban en una condición similar a la tuya; cada día tu llama se apagaba más y más.

El día que me dieron el alta, fue terrible salir del hospital con los brazos vacíos, esperaba que llegáramos a casa y nos recibieran con una gran algarabía y con tu cuna preparada. Sin embargo, llegué sola, sin ti, y con mi corazón aun atrapado en el hospital mientras tú estuvieras allí.


Mamá de un Angel - Part V

Escrito por WenAri 22-06-2015 en mama. Comentarios (0)

La cita inesperada

Un día leí una imagen que decía: “Yo quería encontrar al hombre de mi vida; quería encontrarlo en algún lugar concurrido; pero lo encontré en mi vientre. Lo imaginé en ropa elegante y lo encontré desnudo. Pensé en llevar mi cabello sexy y unos jean lindos, pero ahí estaba yo… con el sudor en mi cuerpo y una bata azul. Pensé sonreír coqueta para él, y en su encuentro lloré como una niña mientras besaba su frente. Imaginé a mi hombre perfecto tomar mi mano y llevarme lejos… pero fui yo quien tomó su dedo mientras lo cogía en brazos. Así, conocí al fin al hombre de mi vida: mi hijo”.

No esperaba que nuestra cita se adelantara tanto; no te esperaba para ese día; no me dio tiempo de  ponerme linda para ti; el miedo no me dejaba pensar con claridad. La imagen de tan solo un par de meses atrás se repetía: al encender la luz de la habitación, la escena dantesca que se cernía sobre mí era casi imposible de procesar; solo había sangre y un profundo miedo que me congelaba los huesos. Al igual que la vez pasada, todos corrimos de hospital en hospital, la respuesta común e indolente en todos ellos era la misma: no nos podían atender, no había insumos, no habían incubadoras habilitadas para ti…

Hasta que al fin en uno de ellos nos recibieron. No sé si nos dieron prioridad porque sabían que nuestras vidas estaban en riesgo o por la cara de terror que teníamos todos al llegar. Sin embargo, tuve un respiro al ver la esmerada atención del personal de emergencia. Veía a otras mujeres en la sala, todas esperando ansiosas la llegada de sus bebés, y allí estábamos tú y yo, temblando de miedo. El pasar de las horas venía acompañado con los dolores más intensos que he sentido en mi vida, la angustia se acrecentaba al pasar cada minuto de aquel reloj redondo al fondo de la sala, su tic tac se acompasaba con los latidos de mi corazón hasta el momento que venía otra ola de dolor. Lloraba desesperada pidiendo una cesárea que nos pudiese evitar a ambos ese duro esfuerzo. Sin embargo; brotaron de los labios de un médico las palabras más crueles que he escuchado en mi vida: “Para qué te vamos a hacer una cesárea que dejaría una fea cicatriz en una muchacha tan linda como tú, por un bebé que igual no va a sobrevivir”

La sangre abandonó mi cabeza, todo se volvió oscuro por unos instantes, estuve a punto de devolver el estómago. ¿Qué le hacía pensar a ese doctor que a mí me importaba una simple cicatriz, si con eso salvaría tu vida? Definitivamente, a algunos médicos como que se les olvida el juramento hipocrático, los sentimientos o la sutileza que deben tener en ciertos momentos… Veía pasar a médicos residentes y de guardia a hablar de mí como si yo no estuviera allí presente, con su vocabulario técnico para disfrazar la realidad: las cosas iban mal. En algunos momentos me miraban con un deje de compasión en la mirada, en otros con reproche y otros más con suficiencia.

Finalmente, el momento llegó y una fuerza inexplicable se apoderó de mí: ya al fin te iba a conocer, al fin se iba a acabar la angustia. Recuerdo claramente que lo único que pude observar de ti fueron los pies y la parte posterior de la cabeza. En ese momento el tiempo se detuvo y solo me concentré en saber si llorarías o no. Todo el dolor momentáneamente se detuvo, mi única prioridad eras tú. Al escuchar al médico decir que hacías gárgaras con sangre me sentí morir hasta que un llanto casi insonoro invadió mis oídos, era como escuchar a un gato recién nacido. Los médicos siguieron trabajando conmigo mientras que yo lo único que hacía era pensar en ti. Moría por saber cómo estabas, a dónde te iban a llevar, por qué te alejaban de mi.

El dolor regresó, sentía cada puntada de sutura, la carne viva protestando. Cuando llegué al quirófano, todo fue oscuridad de nuevo. Me dejé llevar por el sueño provocado por la anestesia, el frío era cada vez más fuerte, por más que quisiera moverme ninguna de mis extremidades me obedecía; perdí control absoluto de mi cuerpo mientras mi último pensamiento fuiste tú.

Mamá de un Angel - Part IV

Escrito por WenAri 18-06-2015 en mama. Comentarios (0)

La Boda

Aún recuerdo el día que fuimos a comprar el vestido. Caminamos sin parar buscando el ideal. Cuando se deslizó en mi cuerpo, y mientras la costurera con el ceño fruncido se encargaba de marcar con alfileres los ajustes que debía hacer, observé en los ojos de tu abuelita la sombra de una sonrisa. Definitivamente ese era el vestido indicado. Tu papi se derretiría de amor al vernos llegar…

Debo decirte que el día que tu papi y yo nos casamos, fue un día de locura: En la mañana teníamos cita con el médico para asegurarnos que todo estaba bien y que el susto de días atrás ya había pasado. Ese día le preguntamos mil cosas al doctor, quien tuvo la simpatía de responder pacientemente a cada tontería que se nos ocurría. Los nervios por la boda se unían a la incertidumbre de verificar si estabas bien…

La peluquería, el maquillaje, los toques finales del arreglo de la recepción, la comida… en fin, parecía que estábamos corriendo un maratón. Ya en la tarde un pequeño susto me estremeció: el vestido de novia me quedaba MUY AJUSTADO. Era obvio que querías participar en la fiesta de algún modo y hacerte notar.

Cuando tú y yo caminamos a encontrarnos con tu papi en el improvisado altar, nuestros nervios hacían estragos en mi estomago, todo parecía irreal… La sonrisa con la que tu papi nos recibió nos calmó un poco, pero las miradas emotivas de todos los invitados nos estremecían al punto de casi hacernos llorar y reír al mismo tiempo. ¡Finalmente éramos una familia completa! Caminaríamos de la mano hacia una misma dirección, con un mismo apellido y un solo objetivo: darte la mejor vida posible. Cada una de las palabras del Reverendo me hacían reflexionar: tal vez no era el momento indicado para ese evento, pero en mi corazón tenía la certeza que sí lo era; cómo sería nuestras vidas a partir de ahora. “El símbolo del matrimonio es un aro, porque es un circulo sin fin, una muestra del compromiso entre dos personas que se aman, es la representación de un ciclo cuyo único fin es la muerte, porque lo que Dios ha unido, no lo separe el hombre”…